Principio de Incertidumbre

EL PRINCIPIO DE INCERTIDUMBRE
Por: Francisco Zambrano

A punto de terminar completamente escurrido sobre la silla plástica de un Transmilenio, Alirio salta sobre su puesto, y cae alterado por un fuerte y chocante sonido que vino de la estación “Mazurén”,  mientras el enorme articulado pasaba por allí a gran velocidad.
Puede ser una bala perdida – pensó, aunque rápidamente se deshizo  de esta idea suplantándola por algo más verosímil, algo más creíble y menos terrorífico. – Alguien que tropezó con el aluminio del piso, esas carajadas se dañan con el trafico de tanta gente, esos ingenieros no tienen nada de cerebro… - así terminó peleando solo, en su mente. Malhumorado hacía adentro, sólo hacia dentro.
Su viaje en el solitario bus apenas lo mantenía a salvo hasta la próxima estación, no sin abandonar la idea de que una bala perdida le hubiera perforado el cerebro al bajarse del bus, al salir de la estación, al cruzar la cebra.
Camino a la oficina, donde tenía que hacer el cobro de unos muebles, recibe un pequeño sacudón uniforme y punzante, proveniente de su viejo celular, a la altura de su cintura, donde suele llevar toda clase de estuches, para sus lentes, sus gafas de sol, la cadena de su llavero; es Andrés, Andrés Gil, un viejo amigo del colegio.
-          Perro, lo necesito, es urgente, usted ya sabe
El mensaje de texto salto a su cuello y empezó a ahorcarlo. Sabía que tenia que verlo, ¿pero como inventar una excusa? Alirio era malo para mentir, y fue cuando decidió hablar con él.
-          Muchas gracias, los muebles quedaron divinos
-          A la orden estamos para servirla, disculpe ¿de casualidad sabe donde puedo conseguir minutos?
-          No, ya está muy tarde, si quiere llame del mío.
-          No, no se preocupe
-          Tranquilo, llame, tengo un montón de minutos que no he usado, bien pueda siga
Doña Martha, una solterona agraciada y nada despreciable a la vista, le dejaba solo en la oficina mientras cerraba y apagaba los demás aparatos de ese piso. Si dió tres tonos fue mucho, porque inmediatamente lo envió a buzón – Conste perro, yo lo llamé, no me joda más la vida – Pensaba.
Salió muy rápido de la oficina en la típica posición encorvada, sus 1.95 centímetros no pasaron desapercibidos de Doña Martha quien lo pudo ver por encima de las oficinas modulares – ¡Espéreme, espéreme y salimos juntos!
Pacientemente espero a  que cerrara la puerta de las oficinas, una compleja ceremonia de llaves, candados, trancas y alarma, posiciones, arriba, abajo, agachada, Alirio terminó sentado, recostado en la enorme puerta de metal – No se siente ahí, más bien camine y se toma algo conmigo.
Una cita, podía pensar, pero no sin que de camino a la cafetería más cercana de la zona industrial, su celular volviera a repicar. Encorvado otra vez, y más que antes, caminaba a la par de la llamativa secretaria.
- ¿No lo están llamando?
- No, es un mensaje de texto, esos de promociones de minutos…
- Ah si, a mi me llegan cada rato, ¿que quieres?
- Un Kumis está bien…
Se sentaron, conversaron, y Doña Martha se internó en lo personal, Alirio no podía creer la actitud de su cliente, sin embargo no dejaba de escurrirse por la silla.
-          Siéntese derecho mijo, eso le hace daño para la espalda, y con lo chiquito que es…
Alirio se incorporó en la silla, respondiendo con una sonrisa y mirando en todas direcciones.
-          ¿Y en tus ratos libres que haces?
No dudo en opinar sobre la extraña forma de usteo y tuteo que empelaba esta secretaria – Yo me gradúe como comunicador social,  leo mucho y escribo, escribo cosas irreales, cosas locas…
-          A mi me gusta leer, ¿tienes algo por ahí que me enseñe?
-          No, aquí no, en mi casa…
-          Y vive solo o con mamita… ¿o estas casado?
-          Vivo solo
Cosas locas, ¿qué puede entender una mujer de oficina con cosas locas? Había pensado en llevársela a su apartamento, por lo menos tendría una testigo en el caso que terminara herido de muerte por una bala perdida, tendría alguien que lo acompañara en sus últimos momentos, pero no fue así, trato de explicarle esas cosas locas que escribía y arruinó por completo lo que podría haber sido una velada romántica.
Era muy sencillo, Alirio Valbuena se había interesado por las historias de asesinos, había pensado en estudiar criminalística, pero nunca lo intentó, así que su mente se dedico a maquinar los más horribles asesinatos, y en cada momento, en un momento “perfecto”, encontraba los ingredientes para cometer un crimen. Este pasatiempo se convirtió en una pesadilla, pues su mente sólo podía pensar en eso.
Escribió varios cuentos, de los cuales su amigo Andrés Gil, el “gordo”, se había apropiado en una ocasión. Alirio siempre se mantuvo a una distancia prudente de su revoltoso compañero de clase, pero diez años después de su graduación le fue imposible quitárselo de encima. Alirio estaba más que prevenido, pues los rumores de que Andrés Gil estaba en círculos políticos muy peligrosos, lo hacía tomar distancia cada vez más y mas.
-          Aló, ¿es que me tiene miedo, no me iba a contestar?
-          No ni mas faltaba, yo lo estuve llamando y me mando a buzón.
-          Me tocó apagarlo, perro usted tiene una mente podrida ayúdeme
-          Viejo, son sólo fantasías policiacas, nada más
-          Usted sabe que yo le paso buenas lucas
-          Pero quedaría como el autor intelectual
-          Usted escríbame esa pendejada huevón, y si quiere yo le publico su libro, ya le dije que usted está limpio y permanecerá limpio
-          Marica, déjeme fresco, yo no quiero problemas.
-          Un editor, el hijo del parlamentario este, Negrete, tiene una editorial, yo hablo con ese marica y le compro el primer tiraje ahí está, usted queda limpio y con plata y yo me encargo de hacerlo conocer, usted deja de andar vaciado y a mi me hace un favor.
-          Vea gordo, en serio, muy chévere, pero huevón esos videos suyos son muy… vea loco dejemos así a mi déjeme sano y no me meta en problemas.
-          Sabrás de mí, sabrás de mi.
Petrificado en la oscuridad de la sala, miraba en un punto fijo, no podía creer que existieran mentes tan retorcidas y a la vez tan tontas, a falta de imaginación ahora se hallaba en deuda con este bravucón.
Era muy claro, el gordo ya le había hablado de la víctima, de sus movimientos y los motivos que este tenía para asesinarlo, sólo esperaba de Alirio una historia, una sucesión de eventos perfectamente sincronizados, una obra de arte, pero más que arte, un asesinato perfecto.
Esa semana Alirio no salió de casa, y no tuvo problemas con cumplir los horarios de trabajo, pues se encontraba en vacaciones, había desperdiciado esos días encerrado en su apartamento inundado de miedo. Los mensajes de texto eran varios al día, igual que las llamadas perdidas, y ni hablar de su contestadora, pero Alirio seguía preso, sin salida. Permanecía alejado de las ventanas de su apartamento, pues la suposición de una bala perdida cobraba más realidad que antes, llegó al punto de caminar de rodillas y a veces a gatas.
Decidió ponerle fin a esta locura y hacer lo que mejor sabía hacer, asesinar imaginarios.
Se sentó frente a su máquina de escribir, y comenzó a tejer la historia por pedido. Luchaba consigo mismo por camuflar el móvil, dándole un cargo que no fuera el de político.
Una vez completo el trabajo, leía y volvía a leerlo, todo estaba en su sitio, los pasos estaban explicados en detalle. Estaba tan absorto en su obra que no se dio cuenta que su escritorio estaba frente a la ventana, cuando escucho el ronroneo de una motocicleta que pasaba muy cerca de su edificio. De un salto tomó la máquina de escribir y con la mayor suavidad la puso en el piso, acurrucado junto a ella, escuchaba el merodear de la moto; unos cinco u ocho minutos tal vez fue lo que duró por allí. Era una cuadra sola, así que lo que pasase allí no tendría relevancia alguna.
Desesperado llamó al gordo, quien lo recibía con un caluroso buzón de mensajes. Estaba harto, quería salir, pero esa misma angustia lo llevó al suelo, a escribir sobre la parte posterior de las hojas la muerte del asesino imaginario. Pretendía en este ejercicio purgar su incapacidad material para cometer el crimen así que sólo imagino como se deshacía del gordo en el revés las páginas. Con puño y letra suya no temió escribir con su propia caligrafía lo que debía hacerse con ese despreciable compañero del colegio.
Habían pasado 9 días desde que había terminado su venganza escrita, y durante ese tiempo periódicamente una motocicleta hacía su aparición, como si esperara a alguien. Su mente, y solamente su mente criminal le ayudo a sobrevivir durante esos días, dejando las luces apagadas en la noche, y no mostrando ningún tipo de actividad en el día, a gatas, todo el tiempo.
Doña Martha lo había llamado un par de veces, tratando de conseguir una cita – ¿Y donde vives?
-          En un apartamento
-          ¿Tan bobito, pero en qué barrio?
-          En Villas de Granada
-          ¡Vecinoo!! ¿Y como se llama el conjunto?
Aun recuerda con miedo como le dio la dirección y las indicaciones de su casa, después todo se convirtió en turbación. Pensó que sería buena idea tener compañía femenina, pero recordó la amenaza. Afanosamente llamo al gordo, pero fue inútil porque su número telefónico había desaparecido. La sucesión rápida de tonos del teléfono inexistente, se desvanecía al ver a Martha acercándose por el andén a través del velillo de su ventana. Redial - ¡Gordo huevón conteste, ya le tengo su novela, hágame famoso, huevón!
Doña Martha se cansa de timbrar, y decide lanzarle unas piedritas a la ventana, Alirio sabe que cometió un gran error. El ronroneo motorizado aparece nuevamente abordando a la secretaria. Alirio solo ve hasta ese momento: el color del casco del motociclista, blanco, que además viste una chaqueta de cuero negra y que cruza una pequeña charla con Doña Martha. Alirio se esconde más y más entre las cortinas y el velo, siente una punzante sensación en su pecho cuando esta cuarentona señala el apartamento de Alirio, confirmándole al motociclista la existencia del escritor. No pudo oír nada de lo que hablaron, porque el ruido hambriento de esta máquina lo envolvía todo.
Doña Martha dejó de señalarlo, pero seguía hurgando con su vista las ventanas en busca de algún movimiento, búsqueda a la que se sumó la vista del casco blanco. Insistió, está vez llamando desde su celular, y aguzaba su vista en respuesta a un movimiento, pero fue tarde, doblemente tarde para Alirio pues no alcanzó a apagar su celular, este repicó de una manera sonoramente asombrosa, como Alirio nunca lo había escuchado repicar en su apartamento, el ring tone predeterminado de su celular gritaba delatando su presencia y conspirando contra él.
El casco blanco se acercó a Doña Martha y cruzó nuevamente una conversación, donde ella resulto alejándose presurosamente del lugar, la moto huyó segundos después en dirección opuesta.
Alirio presentía lo peor, ahora se desplazaba… ahora no se desplazaba. Insistentemente se trató de comunicar con el gordo. Solo en su apartamento, desaseado y sucio, se contemplaba en el espejo.

Eran las 6 de la tarde, la luz del poste iluminaba la sala de su apartamento, no sentía. El frío en sus pies lo hizo sentar nuevamente, tomó todas las hojas de su obra y las organizó, eran 20 en total y pensó que sería bueno escribir unos agradecimientos en caso de que su obra llegase a un editor,  así lo hizo; una vez más deambulo por su oscuro apartamento y apenas podía escuchar el volumen de los televisores encendidos de la torre, el equipo de sonido del vecino de al lado. Inmóvil frente a la puerta de metal de su apartamento, fijo en las chapas, se diluía y por fin escuchaba los ruidos y sonidos de su edificio, el perro de arriba, las peleas de doña Cecilia y su hijo, todo esto aferrándose a sus hojas tamaño carta que apretaba contra el pecho, todo esto lo pudo oír con claridad excepto el sonido del balazo que entraba por el ojo mágico de su puerta y que atravesaba de un lado a otro la cabeza del autor intelectual.

Comentarios

Entradas populares