Y su sangre lunar...
SABINA.- (A ESTELA, muy insegura.) Tenemos que hablar, mamá.
ESTELA.- (Sin mirarla ni abandonar su actitud.) ¿Hablar? ¿Qué quieres decir? SABINA.- Hablar, mamá. Tengo que hablar contigo.
ESTELA.- (Idem.) Muy bien, Sabina. Llámame por teléfono.
SABINA.- No, mamá. Por teléfono, no.
ESTELA.- ¿Por qué no?
SABINA.- Por teléfono, no. Quiero que hablemos cara a cara, mirándonos.
ESTELA.- Pero eso no puede ser, hijita. Tú estás en Viena y yo... aquí.
SABINA.- Mirándonos y tocándonos. Quiero tocarte... y que me toques.
ESTELA.- ¡Qué cosas tienes! ¿Tocarnos, con tantos kilómetros de por medio?
SABINA.- (Tras una pausa.) Sí.
ESTELA.- Ya me gustaría, desde luego... Pero es imposible. Estamos muy lejos. Ni
vernos podemos, ¿cómo vamos a tocarnos? Llámame por teléfono... pero en otro
momento. Ahora estoy haciendo meditación.
SABINA.- (Mira a su alrededor.) ¿En Viena? ¿Y qué hago yo en Viena? (Pausa.) Di,
mamá: ¿qué estoy haciendo en Viena? ¿Por qué Viena?
ESTELA.- ¿Qué?
SABINA.- ¿No me oyes?
ESTELA.- No, Sabina. No te oigo. No puedo oírte porque estamos muy lejos.
SABINA.- ¿Verdad que sí?
ESTELA.- Pero ya falta poco para Navidad. Entonces vendrás a casa y podremos
hablar. (Pausa.) ¿De qué?
SABINA.- ¿Y tocarnos? (Pausa.)¿Nos tocaremos, mamá?
ESTELA.- (Tras una pausa.) ¿Por qué te quejas tanto? Siempre te estás quejando.
Nadie te obligó... nadie te mandó que te fueras a Viena.
(En otra zona del escenario ha aparecido HÉCTOR, cepillando la chaqueta de su
uniforme de piloto.)
HÉCTOR.- (A SABINA.) Yo nunca me quejo. Y motivos no me faltan... (A ESTELA.)
¿Verdad, cariño?
ESTELA.- Es verdad: tú no te quejas nunca. (A SABINA.) ¿Te das cuenta, Sabina?
Tu padre no se queja. En cambio, tú...
HÉCTOR.- Ahora, por ejemplo. ¿Sabes dónde estoy?
SABINA.- (A ESTELA.) Yo, ¿qué?
HÉCTOR.- ¡En Antofagasta! (Ríe.) ¿Te das cuenta? ¿Qué se me ha perdido a mí en
Antofagasta?
ESTELA.- ¿Dónde está Antofagasta?
HÉCTOR.- Nada. No se me ha perdido nada. ¿Crees que no preferiría estar en
casa, con mamá?
SABINA.- ¿Y conmigo? ¿Preferirías estar en Viena conmigo?
ESTELA.- Claro que sí. Pero pronto estaremos todos juntos. En Navidad, que ya
está ahí. (Pausa.) Los cuatro.
(Silencio. Se escucha el murmullo del cuento que sigue contando MANUEL.)
SABINA.- ¿Dónde está Antofagasta, papá? ¿Más lejos que Viena?
ESTELA.- Nunca habremos estado tan juntos los cuatro como estas Navidades.
HÉCTOR.- La niebla lo cubre todo. No creo que podamos despegar. (Pausa.)
¿Lejos? Y yo qué sé... Con esta niebla, todo está lejos y cerca. Algún día,
créeme, la distancia te habitará, Sabina. Y entonces...
SABINA.- ¿Me estás amenazando? (Pausa.) Di, papá: ¿es eso una amenaza? ¿O una
promesa? Por favor: no me prometas nada que no puedas cumplir. (Pausa.)
¿Sabes a qué me refiero? Cuando me llevasteis a ver a Lucía, el día de mi
cumpleaños, y yo... ¿Cuántos? ¿Catorce... o trece? A mí me daba miedo verla, ¿te
acuerdas? Yo no quería ir, era mi cumpleaños y ella, para mí, estaba muerta. Tú
me prometiste...
ESTELA.- ¿Con quién estás hablando?
SABINA.- Me dijiste... ¿te acuerdas?... “Nunca te obligaremos a verla. Iremos sólo
cuando tú quieras...”
HÉCTOR.- Mar y desierto.
SABINA.- ¿Qué?
HÉCTOR.- Entre el mar y el desierto. Aquí, digo: en Antofagasta. En medio de la
niebla, entre el mar y el desierto... Esta es la situación, ¿entiendes, Sabina? ¿Qué
me hablas de amenazas y promesas? ¿Cómo voy a prometerte algo, si ni sé
cuándo podremos despegar?
ESTELA.- Te afanas por cosas que no permanecen, Sabina. Ése es tu problema: el samsara. Sigues atrapada en el reino de la ilusión...
SABINA.- ¡Pero estoy viva, mamá!
ESTELA.- Todos lo estamos. Y Lucía también. La muerte no existe, ¿podrás entenderlo alguna vez?
Eso fue todo... Su nombre, en la escena, vivo, hablándome desde mi recuerdo, en mi mente, como su nombre, como su voz, como solamente la he vivido: así, atrapada en un sonido del otro lado del teléfono, y hoy con la capacidad de representárse y hablar mi "bohemio" lenguaje: Sabina.
Por esto, el querido dramaturgo español ha aguado mi noche, se ha metido con lo más sagrado, y le agradezco su inoportuno saqueo a mi mente, donde sólo una voz consigue desvelarme: SABINA.
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