Y su sangre lunar...

Ya no me desangro como antes (extraño esas épocas) ahora es diferente, puedo interrumpir el sangrado a voluntad y mantenerme en pie, simulando eso que conseguí en mis 7 años de academia: La Actuación.

El maestro estaba allí, ya no me importaba sus títulos o el renombre, voy por lo que es necesario y justo. Un cuerpo junto al mío, calidez, sensaciones, roce, manos, dedos... Que esporádicos son, y allí estaba, el maestre de la orden proverbial, ansioso, sin pena alguna por la falta de un cigarrillo. Sus dedos, la expresión del brazo moviendo la muñeca que alborotaban suavemente esos dedos pidiendo un cigarrillo, buscándole el fin a la conferencia de la manera más diplomática, y yo, nuevamente pensaba en la urgencia de adquirir el tal vicio.

Siempre he creído en la fuerza de un vicio que te acompañe y que te diga lo que tienes que hacer, en mi caso, le pediría a mi vicio ser cómplice de mis proyectos, como lo hacecon el de muchos dramaturgos, pero aún no he podido vencer el odio que le tengo al cigarrillo; no se sí es por su rastro tan desagradable, o por la industria que representa.

Lo cierto es que Sanchís me aguó la noche. Sangre Lunar, lectura perfecta de su propia obra, la entonación, la explicación, la descripción de los personajes, daba gusto escucharlo leer: Sabina.

La innombrable, su perfecto... Es ella: Sabina, es un nombre que he ocultado, que he acariciado, que me pertenece, que nadie sabe, que a nadie le importa y que deseo que a nadie le importe jamás, porque cuando ese nombre me encontró, abrió las puertas, me sedujo y se declaró propiedad privada de mi razón al interior de mis pensamientos. Es imposible su existencia o la ocurrencia de su imagen sonora, la vibración del encuentro perfecto de estas letras, sólo yo conozco ese nombre y el significado de su existencia.

Sanchís sin saberlo, o a propósito, tuvo la habilidad de rastrear ese nombre en mi cabeza, desde el pasado, y golpeo desde ese entonces este presente horrendo que viví: 

SABINA.- (A ESTELA, muy insegura.) Tenemos que hablar, mamá.

 ESTELA.- (Sin mirarla ni abandonar su actitud.) ¿Hablar? ¿Qué quieres decir? SABINA.- Hablar, mamá. Tengo que hablar contigo.

ESTELA.- (Idem.) Muy bien, Sabina. Llámame por teléfono.
SABINA.- No, mamá. Por teléfono, no.

ESTELA.- ¿Por qué no?
SABINA.- Por teléfono, no. Quiero que hablemos cara a cara, mirándonos. ESTELA.- Pero eso no puede ser, hijita. Tú estás en Viena y yo... aquí.
SABINA.- Mirándonos y tocándonos. Quiero tocarte... y que me toques.
ESTELA.- ¡Qué cosas tienes! ¿Tocarnos, con tantos kilómetros de por medio? SABINA.- (Tras una pausa.) Sí.
ESTELA.- Ya me gustaría, desde luego... Pero es imposible. Estamos muy lejos. Ni vernos podemos, ¿cómo vamos a tocarnos? Llámame por teléfono... pero en otro momento. Ahora estoy haciendo meditación.
SABINA.- (Mira a su alrededor.) ¿En Viena? ¿Y qué hago yo en Viena? (Pausa.) Di, mamá: ¿qué estoy haciendo en Viena? ¿Por qué Viena?
ESTELA.- ¿Qué?
SABINA.- ¿No me oyes?
ESTELA.- No, Sabina. No te oigo. No puedo oírte porque estamos muy lejos. SABINA.- ¿Verdad que sí?
ESTELA.- Pero ya falta poco para Navidad. Entonces vendrás a casa y podremos hablar. (Pausa.) ¿De qué?
SABINA.- ¿Y tocarnos? (Pausa.)¿Nos tocaremos, mamá?
ESTELA.- (Tras una pausa.) ¿Por qué te quejas tanto? Siempre te estás quejando. Nadie te obligó... nadie te mandó que te fueras a Viena.
(En otra zona del escenario ha aparecido HÉCTOR, cepillando la chaqueta de su uniforme de piloto.)
HÉCTOR.- (A SABINA.) Yo nunca me quejo. Y motivos no me faltan... (A ESTELA.) ¿Verdad, cariño?
ESTELA.- Es verdad: tú no te quejas nunca. (A SABINA.) ¿Te das cuenta, Sabina? Tu padre no se queja. En cambio, tú...
HÉCTOR.- Ahora, por ejemplo. ¿Sabes dónde estoy?

 SABINA.- (A ESTELA.) Yo, ¿qué?

HÉCTOR.- ¡En Antofagasta! (Ríe.) ¿Te das cuenta? ¿Qué se me ha perdido a mí en Antofagasta?
ESTELA.- ¿Dónde está Antofagasta?
HÉCTOR.- Nada. No se me ha perdido nada. ¿Crees que no preferiría estar en casa, con mamá?
SABINA.- ¿Y conmigo? ¿Preferirías estar en Viena conmigo?
ESTELA.- Claro que sí. Pero pronto estaremos todos juntos. En Navidad, que ya está ahí. (Pausa.) Los cuatro.
(Silencio. Se escucha el murmullo del cuento que sigue contando MANUEL.) SABINA.- ¿Dónde está Antofagasta, papá? ¿Más lejos que Viena?
ESTELA.- Nunca habremos estado tan juntos los cuatro como estas Navidades. HÉCTOR.- La niebla lo cubre todo. No creo que podamos despegar. (Pausa.) ¿Lejos? Y yo qué sé... Con esta niebla, todo está lejos y cerca. Algún día, créeme, la distancia te habitará, Sabina. Y entonces...
SABINA.- ¿Me estás amenazando? (Pausa.) Di, papá: ¿es eso una amenaza? ¿O una promesa? Por favor: no me prometas nada que no puedas cumplir. (Pausa.) ¿Sabes a qué me refiero? Cuando me llevasteis a ver a Lucía, el día de mi cumpleaños, y yo... ¿Cuántos? ¿Catorce... o trece? A mí me daba miedo verla, ¿te acuerdas? Yo no quería ir, era mi cumpleaños y ella, para mí, estaba muerta. Tú me prometiste...
ESTELA.- ¿Con quién estás hablando?
SABINA.- Me dijiste... ¿te acuerdas?... “Nunca te obligaremos a verla. Iremos sólo cuando tú quieras...”
HÉCTOR.- Mar y desierto.
SABINA.- ¿Qué?
HÉCTOR.- Entre el mar y el desierto. Aquí, digo: en Antofagasta. En medio de la niebla, entre el mar y el desierto... Esta es la situación, ¿entiendes, Sabina? ¿Qué me hablas de amenazas y promesas? ¿Cómo voy a prometerte algo, si ni sé cuándo podremos despegar?
ESTELA.- Te afanas por cosas que no permanecen, Sabina. Ése es tu problema: el 
samsara. Sigues atrapada en el reino de la ilusión...

SABINA.- ¡Pero estoy viva, mamá!

ESTELA.- Todos lo estamos. Y Lucía también. La muerte no existe, ¿podrás entenderlo alguna vez?

Eso fue todo... Su nombre, en la escena, vivo, hablándome desde mi recuerdo, en mi mente, como su nombre, como su voz, como solamente la he vivido: así, atrapada en un sonido del otro lado del teléfono, y hoy con la capacidad de representárse y hablar mi "bohemio" lenguaje: Sabina.

Por esto, el querido dramaturgo español ha aguado mi noche, se ha metido con lo más sagrado, y le agradezco su inoportuno saqueo a mi mente, donde sólo una voz consigue desvelarme: SABINA.


Comentarios

Entradas populares