Pianista
SUS DEDOS PERFECTAMENTE ORGANIZADOS. UNA PIANISTA Auténtica, dicen. Fotos y aplausos. Adoradora fanática de las variaciones. Sus dedos se fugan, se fugan. Ella solita subida sobre su piano, como un ciclope en un alado caballo, o un caballo en una alfombra con alas. Por fin la vemos resbalar con un ramaje de dedos hacia el ultimo quejido. Fue magistral. Ahora la han levantado en vilo y se la llevan a hombros dos hombres de frac. Es como un pase de magia: desaparece. Desaparecen ella y su piano. Alguien ha regresado con una bandeja de quesos. Pasa algún tiempo. Regresa ella con otro vestido. Nos atisbamos. Le propongo finalmente que bailemos. Una llama mortuoria en los ojos agradecidos. Un abismo, su movimiento. “Hace cien años que no bailo”, dice. La pianista. Pensar que volaba tan leve en su piano. Se despereza en mis brazos como si tocara un arpegio. Una lengua de fuego, todavía, parece. Conjunción de nuestros pasos, es perfecta. “Voy a morir”, dice. Su última fibra agoniza, parece. Pero baila como si un piano. Qué vals, señores, qué vals. Fingí dormir, mientras bailábamos, sobre su hombro abullonado. Después comprendí que no bailaba, la arrastraba en mis brazos, sus dos zapatos dócilmente encima de mis zapatos. Me sacudí.
- La desalmada cumple con sus promesas – me dijo alguien; busqué la voz; era una burlona voz de mujer que bailaba a mi lado, absolutamente sola, pero feliz.
EVELIO ROSERO DIAGO
- La desalmada cumple con sus promesas – me dijo alguien; busqué la voz; era una burlona voz de mujer que bailaba a mi lado, absolutamente sola, pero feliz.
EVELIO ROSERO DIAGO
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